Una exposición en la que se muestra el camino recorrido desde que se iniciara su vocación, pintando flores en un afán de búsqueda esteticista. Ese mismo esteticismo ha trascendido, después de años de trabajos con Roberto Valcárcel, a un espacio más íntimo, a unas formas más integradas con la persona y con su mundo de experiencias y anhelos. Charito demuestra en su última obra una linealidad que mucho otros artistas envidiarían. El hallazgo temático de los nudos y los toborochis, que se cruzan hasta confundirse en el centro de un conflicto de volúmenes y de líneas, presagia una larga serie de distintas ópticas de un mismo transfondo. Bulto y enredo son expresión de lo "embarazoso" de un interior que quiere mostrársenos sin tapujos. Conflictos que anuncia un parto que puede entenderse en el alumbramiento del mismo conflicto. Parto de libertad entendida en la temática y en la técnica, libertad de crear y de hacer, de abrir brecha dentro de la propia conciencia con el valor de quién sabe que nada es más hermoso que la verdad y que no es necesario disfrazarla.
Todavía hay en Charito la nostalgia de un orden pasado. Todavía queda la necesidad de completar su obra, de acompañarla de expresiones técnicas que complementen el centro temático. Estas expresiones, que yo llamaría encajes, demuestran logros pictóricos que quieren prevalecer por encima de la necesidad de su presencia. Puede que en el futuro desaparezcan para dar paso a un concepto más compacto y homogéneo de la obra. Pero es precisamente el candor de la emoción del encuentro el que justicia su permanencia, adulando y distrayendo pícaramente la mirada del espectador del nudo o la tripa.
No cabe duda de que la pintura de Charito es ahora más dura, algo más difícil, pero basta hablar un rato con ella para saber que es también más gozosa y que el potencial de formas y expresiones que encierra enriquecen a la pintora y a todos los que tienen la suerte de compartir su empeño.

Juan Ignacio Pita. Santa Cruz, Agosto de 1993.

 
 
 
 
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